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LAUDES

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LAUDES

"La oración de la Iglesia, como la de Cristo, es expresión de unión personal con el Padre y con todos los hombres, por eso tiene ese carácter esencialmente comunitario, aún cuando se haga en solitario y en secreto. Por comunitario entendemos aquí una actitud interior más que una forma externa de hacer la plegaria. Dice un autor oriental que el cristiano jamás ora a solas, siempre ora en él y con él, el Espíritu Santo, que es el que unifica la Iglesia en comunión" (L.G 4).

LAUDES

Los Laudes como oración de la mañana

 La Oración eclesial de la mañana tiene dos significaciones fundamentales: santifica el día en su comienzo, y hace memoria gozosa de la resurrección del Señor.

 a) Los Laudes santifican el comienzo del día.

 «Los laudes matutinos están dirigidos y ordenados a santificar la mañana, como se ve claramente en muchos de sus elementos. San Basilio expresa muy bien este carácter matinal con las siguientes palabras: "Al comenzar el día oramos para que los primeros impulsos de la mente y del corazón sean para Dios, y no nos preocupemos de cosa alguna antes de habernos llenado de gozo con el pensamiento en Dios, según está escrito: ‘‘Me acordé del Señor y me llené de gozo’’ (Sal 76,4), ni empleemos nuestro cuerpo en el trabajo antes de poner por obra lo que fue dicho: ‘‘Por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa, me acerco y te miro (Sal 5,4-5)"» (OGLH 38a).

 Por la oración de Laudes, los fieles, antes de iniciar las actividades de la jornada, hacen a Dios el ofrecimiento anticipado de todas sus labores, y buscan potenciar toda su capacidad humana creativa con el impulso santificador de la gracia divina: «Señor Dios, rey de cielos y tierra, dirige y santifica en este día nuestros cuerpos y nuestros corazones, nuestros sentidos, palabras y acciones, según tu ley y tus mandatos, para que, con tu auxilio, alcancemos la salvación ahora y por siempre» (Or. Lunes II; +Lunes III).

 Todo lo que es el hombre, cuerpo, corazón y sentidos, todo lo que él produce, pensamientos, palabras y acciones, todo ha de estar dedicado al Señor durante la jornada, de modo que su gracia sea el impulso continuo de la actividad humana. Es el sentido de la famosa oración Actiones nostras, tan concisa y tan bella: «Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin» (Lunes I; +Viernes IV).

 En esa oración, como en muchas otras, se ve la importancia que la espiritualidad del trabajo, entendido éste como una colaboración con el Creador, tiene en la oración de Laudes: «Oh Dios, que encomendaste al hombre la guarda y el cultivo de la tierra, y creaste la luz del sol en su servicio, concédenos hoy que, con tu luz, trabajemos sin desfallecer para tu gloria y para el bien de nuestro prójimo» (Lunes IV).

 Por otra parte, al comienzo del día, cuando el corazón se alegra al pasar de la obscuridad a la luz, la alabanza cristiana a Dios se alza poderosa en los fieles, y se hace liturgia en los Laudes. Lo que en ellos se pide es «que nuestro espíritu y toda nuestra vida sean una continua alabanza» al Señor, y que «cada una de nuestras acciones esté plenamente dedicada» a él (Sábado II). Más aún, en los Laudes se pide a Dios que «del mismo modo que hemos cantado tus alabanzas en esta celebración matutina, así las podamos cantar eternamente, con la asamblea de tus santos, por toda la eternidad» (Viernes II; +Martes IV).

 b) Los Laudes hacen memoria de la resurrección del Cristo, y lo celebran como Luz del mundo.

 «Esta Hora, que se tiene con la primera luz del día, trae además a la memoria el recuerdo de la resurrección del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres (Jn 1,9), y el sol de justicia (Mal 4,2) que nace de lo alto (Lc 1,78). Así se comprende bien la advertencia de San Cipriano: "Se hará oración a la mañana para celebrar la Resurrección del Señor con la oración matutina"» (OGLH 38b).

 La Pascua de Jesús, que se celebra anualmente en la Vigilia pascual, y semanalmente cada domingo, se conmemora y actualiza diariamente en la eucaristía y en Laudes. Esta es la hora en que Cristo pasó de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida, de la hora del poder de las tinieblas a la luz gloriosa del Reino celeste. La luz del nuevo día no sólo disipa las tinieblas de la noche, sino que en la liturgia de los Laudes se hace epifanía de Cristo resucitado, pues la Iglesia celebra en esa hora al Primogénito de los muertos (Col 1,15.18; Ap 1,5), al Esposo que sale del tálamo (Sal 18,6), a la Primicia de una nueva humanidad (1Cor 15,20).

 Estos grandes temas de la fe, que la Iglesia celebra en la Navidad, en la Epifanía y en la Pascua, son evocados cada día en las oraciones feriales de Laudes con una gran variedad de matices y relaciones. En primer lugar, al comenzar el día, los Laudes hacen contemplar a Dios como luz, fuente de toda luz: «Dios es luz y no hay en él tiniebla alguna» (1Jn 1,5): «Humildemente te pedimos, Señor, que eres la luz verdadera y la fuente misma de toda luz, que meditando fielmente tu ley, vivamos siempre en tu claridad» (Jueves II; +Sábado IV).

 Ahora bien, en la perspectiva bíblica, y especialmente en los escritos sapienciales y joaneos, la Sabiduría divina se identifica con la Palabra, que es el Hijo, Jesucristo, luz del mundo, luz de los hombres, precisamente manifestado como luz en su resurrección gloriosa. Gracias a Cristo, «el pueblo que habitaba en las tinieblas vió una gran luz» (Mt 4,14 = Is 9,2). Por eso, al salir de la noche, pedimos: «Dios todopoderoso y eterno, humildemente acudimos a ti al empezar el día, a media jornada y al atardecer [+Sal 54,18; Dan 6,10], para pedirte que, alejando de nosotros las tinieblas del pecado, nos hagas alcanzar la luz verdadera que es Cristo» (Jueves I; +Viernes I, Jueves III).

 «Te pedimos, Señor, que la claridad de la resurrección de tu Hijo ilumine las dificultades de nuestra vida; que no temamos ante la oscuridad de la muerte, y podamos llegar un día a la luz que no tiene fin» (Sábado I).

 En la hora luminosa de los Laudes, son frecuentes las oraciones en que los fieles piden ser iluminados por la claridad divina que nos trajo Cristo: «Señor, infunde en nuestras almas la claridad de tu luz, y pues con tu sabiduría nos has creado y con tu providencia nos gobiernas, haz que nuestro vivir y nuestro obrar estén del todo consagrados a ti» (Miércoles III; +Martes I, Viernes III).

 Señalemos, finalmente, que siendo Cristo «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero», también la liturgia de los Laudes invocará directamente a Jesucristo: «Señor Jesucristo, luz verdadera que alumbras a todo hombre [Jn 1,9] y le muestras el camino de la salvación...» (Martes II).

VISPERAS

LA LITURGIA DE LAS VÍSPERAS
por S. S. Juan Pablo II

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1. Dado que «todavía peregrinos en este mundo (...) experimentamos las pruebas cotidianas» del amor de Dios (Prefacio VI dominical del tiempo ordinario), siempre se ha sentido en la Iglesia la necesidad de dedicar a la alabanza divina los días y las horas de la existencia humana. Así, la aurora y el ocaso del sol, momentos religiosos típicos en todos los pueblos, ya convertidos en sagrados en la tradición bíblica por la ofrenda matutina y vespertina del holocausto (cf. Ex 29, 38-39) y del incienso (cf. Ex 30,6-8), representan para los cristianos, desde los primeros siglos, dos momentos especiales de oración.

El surgir del sol y su ocaso no son momentos anónimos de la jornada. Tienen una fisonomía inconfundible: la belleza gozosa de una aurora y el esplendor triunfal de un ocaso marcan los ritmos del universo, en los que está profundamente implicada la vida del hombre. Además, el misterio de la salvación, que se realiza en la historia, tiene sus momentos vinculados a fases diversas del tiempo. Por eso, juntamente con la celebración de las Laudes al inicio de la jornada, se ha consolidado progresivamente en la Iglesia la celebración de las Vísperas al caer la tarde. Ambas Horas litúrgicas poseen su propia carga evocativa, que recuerda los dos aspectos esenciales del misterio pascual: «Por la tarde el Señor está en la cruz, por la mañana resucita... Por la tarde yo narro los sufrimientos que padeció en su muerte; por la mañana anuncio la vida de él, que resucita» (San Agustín, Esposizioni sui Salmi, XXVI, Roma 1971, p. 109).

Las dos Horas, Laudes y Vísperas, precisamente por estar vinculadas al recuerdo de la muerte y la resurrección de Cristo, constituyen, «según la venerable tradición de la Iglesia universal, el doble eje del Oficio diario» (Sacrosanctum Concilium, 89).

2. En la antigüedad, después de la puesta del sol, al encenderse los candiles en las casas se producía un ambiente de alegría y comunión. También la comunidad cristiana, cuando encendía la lámpara al caer la tarde, invocaba con gratitud el don de la luz espiritual. Se trataba del «lucernario», es decir, el encendido ritual de la lámpara, cuya llama es símbolo de Cristo, «Sol sin ocaso».

En efecto, al oscurecer, los cristianos saben que Dios ilumina también la noche oscura con el resplandor de su presencia y con la luz de sus enseñanzas. Conviene recordar, a este propósito, el antiquísimo himno del lucernario, llamado Fôs hilarón, acogido en la liturgia bizantina armenia y etiópica: «¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste e inmortal, santo y feliz, Jesucristo! Al llegar al ocaso del sol y, viendo la luz vespertina, alabamos a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es digno cantarte en todo tiempo con voces armoniosas, oh Hijo de Dios, que nos das la vida: por eso, el universo proclama tu gloria». También Occidente ha compuesto muchos himnos para celebrar a Cristo luz.

Inspirándose en el simbolismo de la luz, la oración de las Vísperas se ha desarrollado como sacrificio vespertino de alabanza y acción de gracias por el don de la luz física y espiritual, y por los demás dones de la creación y la redención. San Cipriano escribe: «Al caer el sol y morir el día, se debe necesariamente orar de nuevo. En efecto, ya que Cristo es el sol verdadero, al ocaso del sol y del día de este mundo oramos y pedimos que venga de nuevo sobre nosotros la luz e invocamos la venida de Cristo, que nos traerá la gracia de la luz eterna» (De oratione dominica, 35: PL 4, 560).

3. La tarde es tiempo propicio para considerar ante Dios, en la oración, la jornada transcurrida. Es el momento oportuno «para dar gracias por lo que se nos ha dado o lo que hemos realizado con rectitud» (San Basilio, Regulae fusius tractatae, Resp. 37,3: PG 3, 1015). También es el tiempo para pedir perdón por el mal que hayamos cometido, implorando de la misericordia divina que Cristo vuelva a resplandecer en nuestro corazón.

Sin embargo, la caída de la tarde evoca también el «mysterium noctis». Las tinieblas se perciben como ocasión de frecuentes tentaciones, de particular debilidad, de ceder ante los ataques del maligno. La noche, con sus asechanzas, se presenta como símbolo de todas las maldades, de las que Cristo vino a liberarnos. Por otra parte, cada día al oscurecer, la oración nos hace partícipes del misterio pascual, en el que «la noche brilla como el día» (Exsultet). De este modo, la oración hace florecer la esperanza en el paso del día transitorio al dies perennis, de la tenue luz de la lámpara a la lux perpetua, de la vigilante espera del alba al encuentro con el Rey de la gloria eterna.

4. Para el hombre antiguo, más aún que para nosotros, el sucederse de la noche y del día marcaba el ritmo de la existencia, suscitando la reflexión sobre los grandes problemas de la vida. El progreso moderno ha alterado, en parte, la relación entre la vida humana y el tiempo cósmico. Pero el intenso ritmo de las actividades humanas no ha apartado totalmente a los hombres de hoy de los ritmos del ciclo solar.

Por eso, los dos ejes de la oración diaria conservan todo su valor, ya que están vinculados a fenómenos inmutables y a simbolismos inmediatos. La mañana y la tarde constituyen momentos siempre oportunos para dedicarse a la oración, tanto de forma comunitaria como individual. Las Horas de Laudes y Vísperas, unidas a momentos importantes de nuestra vida y actividad, se presentan como un medio eficaz para orientar nuestro camino diario y dirigirlo hacia Cristo, «luz del mundo» (Jn 8,12).

[Audiencia general del Miércoles 8 de octubre de 2003]

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